Restaurando una Relación Perdida

Imagínate el desprecio que algunas personas pueden sentir cuando después de muchos años de haber sido abandonados en una relación, la persona que se fue vuelve en busca la reconciliación y el perdón. No es difícil ver cómo la persona que fue abandonada tiene el derecho de rehusar ser parte de la renovación de esta relación. El problema es que este desprecio puede mantenerte atascado en un patrón emocional muy tóxico.  Estos sentimientos del pasado con los que no has lidiado, inevitablemente, van a deformar tu carácter y a inmiscuirse sutilmente en tus demás relaciones, por lo que es necesario lidiar con ellos con gran ligereza.

Esto no significa que vas a abrir las puertas de tu casa y tu corazón al extraño que te hirió. Solo estamos sugiriendo que los escuches con el corazón y los perdones para que puedas moverte hacia adelante.

Para la persona que se fue: No existe valor en una relación si no se escucha con el corazón. Busca escuchar las opiniones y los sentimientos de la persona que has herido. Aguántate tus opiniones y busca, realmente, entender el dolor y la desesperación que la otra persona ha tenido que soportar. No trates de defender lo indefendible. Esto solo va a prender de nuevo el fuego de rencor que tan desesperadamente estás tratando de apagar. Preséntate a la vida de la persona cuya relación buscas restaurar con humildad y verdadero arrepentimiento y no esperes el reencuentro de las novelas. Si eres sincero demostrarás con el tiempo y la paciencia que tus intenciones son sinceras y que tu arrepentimiento es genuino.

Lo hecho, hecho está

“Cuando los hijos defraudan a los padres, la situación pueda dar un giro destructivo. Una conversación abierta le permitirá obtener los detalles necesarios para resolverla.”

La culpabilidad que sienten los padres modernos se hace muy evidente cuando los hijos defraudan a los padres. Los padres, de inmediato, asumen que fallaron en su crianza. Comienzan a cuestionar si han sido demasiado estrictos o demasiado permisivos. Este sentimiento de culpabilidad no es fructífero. Si no aprendemos a usarlo a nuestra ventaja, termina siendo un sentimiento destructivo para nosotros y para nuestros hijos.

Algunas veces tenemos que admitir: “Lo hecho, hecho está.” No estamos sugiriendo que los padres desarrollen una actitud indiferente hacia las acciones de sus hijos, pero sí sugerimos que tomen el sentimiento ingrato de culpabilidad y lo usen como un arma para reactivar la relación con los hijos. Podemos permitir que estos sentimientos de culpa actúen como la guía que nos ayuda a pedir perdón y ser sincero con nuestros hijos. La culpabilidad nos puede convertir en seres más sensibles y la sensibilidad abre la puerta a una relación que había sido cerrada anteriormente. Es esta sensibilidad lo que ahora puede ayudarnos a obtener los detalles de lo ocurrido en una atmósfera más liviana para resolverla.

Lo que estamos sugiriendo es contraproducente a lo que la mayoría de nosotros aprendimos de niños. Pues es muy posible que nuestros padres nos hayan cerrado la puerta cuando nosotros una vez los defraudamos. Pero cerrar la puerta solo confirma el sentimiento de culpabilidad que sentimos y no resuelve nada. Este es el momento crucial de dejar de hablar para comenzar a escuchar. Pero debemos convertirnos en personas que escuchan con humildad. Esta humildad que emana de la sensibilidad que hemos adquirido debido al enfoque correcto de nuestro sentido de culpabilidad, cautiva el corazón de nuestros hijos y conduce a una verdadera reconciliación.  

Todos somos culpables de hacer mal o de fallar una que otra vez, aunque nos esforzamos por hacer el bien. Pero la Biblia dice: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1). Este verso es impactante porque sugiere que no importa cuáles sean nuestras imperfecciones, Dios no nos cierra la puerta o nos condena por ser imperfectos, él usa nuestra culpabilidad e imperfección para que haya reconciliación entre nosotros y Dios. Caminemos entonces en el Espíritu y busquemos ser la clase de padres que no cierran la puerta a sus hijos, sino que emulan la bondad del Padre Celestial extiendo justicia y misericordia sin importa cuáles sean sus infracciones.

Eviten echarse la culpa

“Eviten echarse la culpa. Apóyense el uno al otro. Trabajen como equipo al enfrentar las crisis que los hijos les puedan ocasionar.”

Las parejas de hoy en día tienden a ser hijos-centrados. Ponen mucho énfasis en las acciones y reacciones de sus hijos. Entonces, cuando el hijo comete un error se echan la culpa el uno al otro y se sienten agraviados directamente. Lo correcto es poner retaguardias en la relación de pareja para cuando la crisis llegue puedan sobre pasarla juntos. Estudios sociales han confirmado que un vínculo fuerte entre los padres es la base de una familia feliz. Esto es porque una relación fuerte de pareja provee seguridad para los hijos. Así que en vez de sucumbir al tipo de crianza que busca la felicidad del hijo más que la de la pareja, disminuya el estrés que está poniendo sobre sus hijos y busque trabajar como equipo con su pareja, especialmente, ante las crisis que se presentan.

Otros estudios también muestran que existe una correlación directa entre la relación de una pareja y el bienestar de los hijos. Si los hijos no ven la conexión entre sus padres, estos tienden a mostrar depresión y ansiedad.  Los hijos de padres que saben trabajar en equipo y tienen una relación fuerte, también tienden a ser menos manipulativos y egoístas. Cuando los padres trabajan en equipo, los hijos aprenden a respetar a otros y a respetarse a sí mismo.

Como si todo esto fuera poco, otros estudios han comprobado que padres que pelean, excesivamente, en frente de sus hijos crean a hijos con traumas que son difíciles de sobrepasar una vez estos se convierten en adultos. Así que trabajen en equipo; pónganse de acuerdo detrás de puertas cerradas y cuando se enfrenten a sus hijos salgan con un frente unido.

La historia más famosa de padres divididos la encontramos en Génesis 25 con la familia del segundo patriarca, Isaac y su esposa Rebecca.   La división entre los padres abre lugar a un conflicto entre los hijos gemelos, inigualado, en toda la Biblia. Hubo un punto en el cual Rebeca se vio forzada a separar a sus dos hijos de forma drástica para que uno no le quitara la vida al otro, ayudando al menor a escapar de la ira de su hermano enviándolo en un largo viaje. El significado de este conflicto es demasiado profundo para ser explicado en un párrafo, pero sí me pregunto: Cuál hubiera sido el resultado si Isaac y Rebeca hubiesen tenido el versículo de I Pedro 3:8 exhortándolos: “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables.” O la exhortación de Pablo en Filipenses 2:2 “Completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.” Estos versículos deben ser memorizados y practicados por parejas de casados para que juntos enfrenten sus tareas de padre y madre dando así a sus hijos una gran ventaja sobre otros y bendiciones que alcanzarán hasta la generación mil.

¿Has sido herido o traicionado?

Casi todos hemos sido heridos por las acciones de otros. Pudo ser algo insignificante que nos dijeron de pasada o algo que nos hirió profundamente. Cuando tu madre critica la forma en la que crías a tus propios hijos, cuando un asociado sabotea tu trabajo para avanzar su carrera o tu cónyuge te fue infiel, o como a Paola, te repitieron una mentira que no descubriste hasta convertirte en un adulto; terminas destrozado.

Cuando uno se siente herido o traicionado es difícil no dejar de ser ofuscado por sentimientos negativos de venganza, amargura y hostilidad.

No importa lo que te haya ocurrido o lo que te hayan hecho, si deseas retomar el poder en tu vida, necesitas perdonar. Esto significa que debes poner a un lado tu derecho a la justicia y deshacerte de todo deseo de venganza. Una vez decides perdonar vas a experimentar liberación del alma.

El perdón vale la pena porque conlleva los siguientes beneficios:

  • Relaciones saludables
  • Bienestar emocional y espiritual
  • Menos ansiedad y hostilidad
  • Una presión estable
  • Menos síntomas de depresión
  • Un sistema inmune fuerte
  • Mejor salud cardiaca
  • Mejor estima propia

Cuando decides afianzarte a tu amargura, te estás hiriendo a ti mismo. No le haces un favor a nadie. No te preocupes, no estamos diciendo que para perdonar debes poner tu confianza ciegamente en los que te hirieron una y otra vez. Pero sí estamos diciendo que puedes confiar en la justicia de Dios, pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios. San Pablo nos advirtió que se quitara de nosotros toda amargura, enojo, gritería, ira y maledicencia y que la re-emplazáramos mejor con misericordia, perdón, y benignidad. Deja de traer maldición sobre ti mismo por las acciones de otros y busca mejor tu bienestar emocional, espiritual y físico. Perdona.

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