No Siempre se Puede Confiar, Pero siempre se Debe Perdonar

Si has vivido abandono, traición o engaño sabes muy bien que las heridas causadas no son fáciles de curar. Se quedan tatuadas en el alma para servirnos de recordatorio de que los seres humanos no son siempre confiables. No es extraño escuchar a alguien hablar sobre el abandono que sufrió de pequeño cuando uno de sus padres se desapareció de su vida; o el dolor que vivió una persona a causa de una traición amorosa o de una mentira que creyó ingenuamente. Un abandono rompe los vínculos emocionales esenciales para la sobrevivencia y esto pasa más a menudo en nuestra sociedad de lo que estamos dispuestos a admitir.

Dependiendo de la situación, la confianza se puede reestablecer, pero el proceso es largo. Es importante entender que ningún ser humano en este mundo puede alcanzar perfección. ¡Esto simplemente no va a ocurrir! Por lo que para el beneficio de nuestra salud emocional tenemos que estar dispuestos a perdonar y a aprender a confiar de nuevo. En las palabras del autor Gary Thomas, los demás van a “pecar” en contra nuestra y nos van a herir. Cuando esto suceda tenemos una decisión que tomar: podemos entregarnos a nuestro dolor, resentimiento y amargura, o podemos crecer y aprender una lección más en el arte de perdonar y ser perdonado.

Para reparar una relación se necesita no solo que haya perdón, sino también que la confianza perdida sea restaurada. La confianza es la pega que mantiene una relación funcionado. La confianza primero se regala en una relación como parte de un código social tácito, pero a medida que conocemos a esa persona esta confianza se afianza o se debilita. Si la persona te ha herido tanto que no puedes confiar en ella, entonces, busca perdonar al ser querido setenta veces siete y pon tu confianza en Dios quien es el único que puede mostrarte cuál camino tomar.

Cuando la persona perdida en tu vida viene en busca de reconciliación es difícil darle la oportunidad de redimir sus acciones pasadas, por lo que al principio debes mantenerlos al margen para ver cuán tan real es su sinceridad. Pero aun cuando te cuesta darles tu confianza, sí puedes perdonar. Recuerda lo que dice Jesús en Mateo 6:14, “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros.”

Restaurando una Relación Perdida

Imagínate el desprecio que algunas personas pueden sentir cuando después de muchos años de haber sido abandonados en una relación, la persona que se fue vuelve en busca la reconciliación y el perdón. No es difícil ver cómo la persona que fue abandonada tiene el derecho de rehusar ser parte de la renovación de esta relación. El problema es que este desprecio puede mantenerte atascado en un patrón emocional muy tóxico.  Estos sentimientos del pasado con los que no has lidiado, inevitablemente, van a deformar tu carácter y a inmiscuirse sutilmente en tus demás relaciones, por lo que es necesario lidiar con ellos con gran ligereza.

Esto no significa que vas a abrir las puertas de tu casa y tu corazón al extraño que te hirió. Solo estamos sugiriendo que los escuches con el corazón y los perdones para que puedas moverte hacia adelante.

Para la persona que se fue: No existe valor en una relación si no se escucha con el corazón. Busca escuchar las opiniones y los sentimientos de la persona que has herido. Aguántate tus opiniones y busca, realmente, entender el dolor y la desesperación que la otra persona ha tenido que soportar. No trates de defender lo indefendible. Esto solo va a prender de nuevo el fuego de rencor que tan desesperadamente estás tratando de apagar. Preséntate a la vida de la persona cuya relación buscas restaurar con humildad y verdadero arrepentimiento y no esperes el reencuentro de las novelas. Si eres sincero demostrarás con el tiempo y la paciencia que tus intenciones son sinceras y que tu arrepentimiento es genuino.

Hay situaciones en las que es difícil mantener la calma.

“Antes de hablar con sus emociones, tome un momento para calmarse, considerar la situación y contemplar los consejos y punto de referencia de las otras personas involucradas.”

Hay situaciones en las que es difícil mantener la calma. Debemos aprender a asumir control personal de nuestras acciones y reacciones ante situaciones estresantes. El ejercicio diario, consumir comidas saludables y aprender algunos ejercicios de relajamiento, nos ayudarán a reducir la tensión, lo cual a su vez nos ayuda a aclarar nuestros pensamientos para responder de forma apropiada cuando nos encontramos en situaciones que nos alteran.

Cuando no consideramos el punto de referencia de las otras personas involucradas terminamos llegando a conclusiones basadas en la imaginación y no necesariamente en la realidad. Así que evalúa cuidadosamente las circunstancias a ver si estas ameritan tu enojo y busca clarificación sin perder tus estribos. El comportamiento inapropiado de nuestros hijos NO justifica nuestras reacciones inapropiadas. Cuando ellos actúan de forma irracional, nosotros somos los que debemos actuar racionalmente. La ira no aclara los pensamientos, sino que los enloda y si los dos estamos actuando de manera irracional entonces no habrá resolución.

Nuestras órdenes de marcha son claras: “quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia y toda malicia”. En vez somos llamados a ser benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros como Dios también nos perdonó en Cristo (Efesios 4:31,32). Estas órdenes no son para los domingos cuando vamos a la iglesia, son para que la apliquemos y vivamos día a día en el razonamiento diario de la vida.

 

Escuchando Consejos Sabios

“A veces nuestros hijos se empeñan en ir por un camino erróneo y esto nos decepciona. En vez de regañarlos, procure entender lo que les impulsa a llenar su inquietud con un romance o una adicción.”

Es prácticamente imposible obligar a un hijo a hacer lo correcto después que tiene cierta edad. Mi padre recitaba un poema que decía: “Tú no fuerzas a una flor a que se abra, la flor la abre Dios, tú no fuerzas a un amigo a que te ame; el amor lo da Dios. Tu no fuerzas a un alma a que crea; la fe la da Dios. Tu trabajas, oras y amas; lo demás lo hace Dios.” Este concepto de que uno no puede obligar a otro a hacer lo correcto es cierto.  Lo importante cuando nuestros hijos se empeñan en tomar su propio camino es continuar trabajando con ellos, amándolos y ejerciendo nuestra fe en Dios de que se recuperarán. Pero las peleas casi nunca mejoran las cosas.

Proponte en tu corazón permanecer presente en sus vidas, dándole consejos sabios con una actitud positiva y resiste la tendencia de permitir que el altercado arruine la relación entre ustedes. Porque este es el tiempo en el que más te necesitan. Aunque resulte difícil, habla con tus hijos con amor y paciencia procurando entender lo que los impulsa y practicando una presencia positiva y como dice el poema “lo demás lo hará Dios”.  

Vivimos en un mundo imperfecto e injusto.

“Sea compresivo, tenga compasión, sea bondadoso, sea humilde. Reconozca sus errores y hágase responsables por la consecuencia de estos.”

Cuando yo era niña, mi familia estaba lista para sentarse a la mesa a comer una sopa caliente, nutritiva y deliciosa que mi madre había preparado un día lluvioso. Una de mis hermanas se sirvió la sopa y decidió que era una buena idea usar la silla de mesa. Ella puso su plato sobre la silla y estaba escondida debajo de la mesa comiendo su sopa. Mientras ella y yo nos reíamos de la situación, mi hermana mayor no viendo a una persona en la silla se sentó en ella sin darse cuenta que aunque nadie estaba sentado en esa silla, allí había un plato de sopa caliente. Como podrás imaginar, inmediatamente después de sentarse se levantó gritando pues se quemó al sentarse y la sopa en la silla terminó esparcida por todo el piso. La conmoción perturbó a mi padre quien, inmediatamente, sin entender lo ocurrido envió a mi hermana mayor (la que se había quemado con la sopa) a su cuarto. La pobrecita, sintió la fuerza de la injusticia de la vida caer fuerte sobre sus hombros en ese momento. No fue su culpa que ella se haya sentado en una silla donde había una sopa caliente. Después de que las cosas se calmaron y mi padre pudo re-examinar lo sucedido se sintió tan mal de haber castigado a la persona inocente. El reconoció su error y fue al cuarto de mi hermana mayor inmediatamente. Con lágrimas en sus ojos le pidió perdón y le ofreció el cuidado necesario.

Vivimos en un mundo imperfecto e injusto. Lo importante no es arreglar el mundo para que sea justo, sino ajustar nuestras actitudes para cuando actuamos injustamente podamos reconocer nuestros errores y actuar con humildad para corregirlos.  

Jesús sabía que en este mundo nunca iríamos a alcanzar justicia perfecta por lo que nos advierte: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). Ten cuidado de que tú no seas el que esté imponiendo aflicción en los demás. Busquemos discernimiento para saber la diferencia.

¿Cómo enfrenta usted los conflictos?

“¿Cómo enfrenta usted los conflictos? ¿Los evita o se paraliza por estos? Sus emociones a veces pueden intensificarse y hacer que usted se comporte de manera irracional. Procure calmarse antes de actuar”.

Los conflictos que no se enfrentan correctamente terminan creando amargura. Algunas personas huyen del conflicto, rehusándose a enfrentarlo. Otros permiten que sus emociones se intensifiquen y se comportan de manera irracional. Las dos formas son incorrectas. Los problemas deben ser enfrentados racionalmente.  La Doctora Alicia La Hoz, en su libro Romance Perpetuo, nos da cinco recomendaciones como reglas de la comunicación que nos pueden ayudar a enfrentar los conflictos y resolverlos con éxito. Primero, ella dice que debemos perseverar y enfocarnos a exponer solo una queja. Cuando se está tratando un problema es sabio no traer otros asuntos a la conversación. Comenzar a nombrar todas las quejas que uno tiene sobre una persona quita el enfoque del problema presente y “ensucia las aguas”. Esto quiere decir que el problema ya no es el enfoque, sino la persona y al final no se resolverá nada.

Segundo, ella nos sugiere que hable por usted en el presente. Nunca se debe asumir lo que la otra persona está pensando o se debe hablar por el otro no importa cuánto crea que usted conozca a esa otra persona. Tercero, considere lo que la otra persona le está diciendo. Hay que tener cuidado de que no estamos tratando de forma obstinada de probar que tenemos la razón. Cuarto, regale el compromiso. Cuando uno gana la batalla el 100%, ha dejado a su paso a la persona que “perdió” maltratada y avergonzada. Esto no deja un buen resultado. Una persona nunca debe ser desvalorada de esa manera. Quinto, “para poder ganar, hay que perder.” La relación es más importante que el conflicto y uno debe tratar de enfrentar el conflicto sin destruir la relación.     

El Apóstol Pablo tiene una alta opinión sobre nuestra vocación y nos exhorta a que vivamos de una manera digna de la vocación con la que hemos sido llamados. Tenemos que andar de una forma digna aun cuando estamos en medio de un conflicto amargo. Resulta difícil no darse a los deseos de la carne cuando estamos siendo inundados por emociones intensas. Sabiendo esto, el apóstol nos dio las siguientes pautas: “con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por perseverar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4:1-3)”. Memoricemos estos versículos y repitámoslos una y otra vez en nuestras mentes para que agrademos a Dios aun en medio de nuestras peleas o desacuerdos más intensos.

Si desea aprender más sobre cómo enfrentar los conflictos y las discusiones lea el tercer capítulo de Romance Perpetuo por la Doctora Alicia La Hoz.

Lo hecho, hecho está

“Cuando los hijos defraudan a los padres, la situación pueda dar un giro destructivo. Una conversación abierta le permitirá obtener los detalles necesarios para resolverla.”

La culpabilidad que sienten los padres modernos se hace muy evidente cuando los hijos defraudan a los padres. Los padres, de inmediato, asumen que fallaron en su crianza. Comienzan a cuestionar si han sido demasiado estrictos o demasiado permisivos. Este sentimiento de culpabilidad no es fructífero. Si no aprendemos a usarlo a nuestra ventaja, termina siendo un sentimiento destructivo para nosotros y para nuestros hijos.

Algunas veces tenemos que admitir: “Lo hecho, hecho está.” No estamos sugiriendo que los padres desarrollen una actitud indiferente hacia las acciones de sus hijos, pero sí sugerimos que tomen el sentimiento ingrato de culpabilidad y lo usen como un arma para reactivar la relación con los hijos. Podemos permitir que estos sentimientos de culpa actúen como la guía que nos ayuda a pedir perdón y ser sincero con nuestros hijos. La culpabilidad nos puede convertir en seres más sensibles y la sensibilidad abre la puerta a una relación que había sido cerrada anteriormente. Es esta sensibilidad lo que ahora puede ayudarnos a obtener los detalles de lo ocurrido en una atmósfera más liviana para resolverla.

Lo que estamos sugiriendo es contraproducente a lo que la mayoría de nosotros aprendimos de niños. Pues es muy posible que nuestros padres nos hayan cerrado la puerta cuando nosotros una vez los defraudamos. Pero cerrar la puerta solo confirma el sentimiento de culpabilidad que sentimos y no resuelve nada. Este es el momento crucial de dejar de hablar para comenzar a escuchar. Pero debemos convertirnos en personas que escuchan con humildad. Esta humildad que emana de la sensibilidad que hemos adquirido debido al enfoque correcto de nuestro sentido de culpabilidad, cautiva el corazón de nuestros hijos y conduce a una verdadera reconciliación.  

Todos somos culpables de hacer mal o de fallar una que otra vez, aunque nos esforzamos por hacer el bien. Pero la Biblia dice: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1). Este verso es impactante porque sugiere que no importa cuáles sean nuestras imperfecciones, Dios no nos cierra la puerta o nos condena por ser imperfectos, él usa nuestra culpabilidad e imperfección para que haya reconciliación entre nosotros y Dios. Caminemos entonces en el Espíritu y busquemos ser la clase de padres que no cierran la puerta a sus hijos, sino que emulan la bondad del Padre Celestial extiendo justicia y misericordia sin importa cuáles sean sus infracciones.

Eviten echarse la culpa

“Eviten echarse la culpa. Apóyense el uno al otro. Trabajen como equipo al enfrentar las crisis que los hijos les puedan ocasionar.”

Las parejas de hoy en día tienden a ser hijos-centrados. Ponen mucho énfasis en las acciones y reacciones de sus hijos. Entonces, cuando el hijo comete un error se echan la culpa el uno al otro y se sienten agraviados directamente. Lo correcto es poner retaguardias en la relación de pareja para cuando la crisis llegue puedan sobre pasarla juntos. Estudios sociales han confirmado que un vínculo fuerte entre los padres es la base de una familia feliz. Esto es porque una relación fuerte de pareja provee seguridad para los hijos. Así que en vez de sucumbir al tipo de crianza que busca la felicidad del hijo más que la de la pareja, disminuya el estrés que está poniendo sobre sus hijos y busque trabajar como equipo con su pareja, especialmente, ante las crisis que se presentan.

Otros estudios también muestran que existe una correlación directa entre la relación de una pareja y el bienestar de los hijos. Si los hijos no ven la conexión entre sus padres, estos tienden a mostrar depresión y ansiedad.  Los hijos de padres que saben trabajar en equipo y tienen una relación fuerte, también tienden a ser menos manipulativos y egoístas. Cuando los padres trabajan en equipo, los hijos aprenden a respetar a otros y a respetarse a sí mismo.

Como si todo esto fuera poco, otros estudios han comprobado que padres que pelean, excesivamente, en frente de sus hijos crean a hijos con traumas que son difíciles de sobrepasar una vez estos se convierten en adultos. Así que trabajen en equipo; pónganse de acuerdo detrás de puertas cerradas y cuando se enfrenten a sus hijos salgan con un frente unido.

La historia más famosa de padres divididos la encontramos en Génesis 25 con la familia del segundo patriarca, Isaac y su esposa Rebecca.   La división entre los padres abre lugar a un conflicto entre los hijos gemelos, inigualado, en toda la Biblia. Hubo un punto en el cual Rebeca se vio forzada a separar a sus dos hijos de forma drástica para que uno no le quitara la vida al otro, ayudando al menor a escapar de la ira de su hermano enviándolo en un largo viaje. El significado de este conflicto es demasiado profundo para ser explicado en un párrafo, pero sí me pregunto: Cuál hubiera sido el resultado si Isaac y Rebeca hubiesen tenido el versículo de I Pedro 3:8 exhortándolos: “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables.” O la exhortación de Pablo en Filipenses 2:2 “Completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.” Estos versículos deben ser memorizados y practicados por parejas de casados para que juntos enfrenten sus tareas de padre y madre dando así a sus hijos una gran ventaja sobre otros y bendiciones que alcanzarán hasta la generación mil.

¿Tuviste un padre ausente?

Desde que se comenzó a documentar la historia humana, los análogos históricos han revelado que las personas imperfectas son mas probables a críar personas imperfectas. Entre estas injustas imperfecciones una de la más lamentables de esta generación es la falta de padres en los hogares.

La mitad de los bebés primogénitos en los Estados Unidos son de madres solteras; un 40 por ciento de matrimonios (por primera vez) terminan en divorcio exponiendo a sus hijos a crisis y pérdida; más de 7 millones de niños viven con un padre (o madre) con problemas de alcohol y drogas, y una de cada cuatro familias es afligida con alguna enfermedad mental. Estas estadísticas nos demuestran la cantidad de familias que están sufriendo, como los chicos de nuestra historia con el resentimiento de haber crecido con un padre ausente. Pues no existe mayor herida que el abandono de un padre.

¿Qué han hecho las millones de víctimas de las estadísticas mencionadas ante la realidad de vivir sin padres o con unos padres imperfectos?  La mayoría se aferra a malos recuerdos y viven sus vidas recordando memorias hirientes. Pero aferrarse a esos recuerdos y vivir una vida basada en memorias destructivas es ponerse a riesgo de autodestrucción y podria exponer a sus hijos a un peligro similar al que ellos vivieron.

Si deseamos liberarnos de esa carga generacional, es necesario cortar de raíz y ajustar los cimientos donde estamos construyendo nuestra familia. Para mejorar estos cimientos, el primer paso es perdonar. Empecemos por perdonarnos a nosotros mismos y todo aquello que consideramos responsable de lo que nos ha tocado vivir. Despues, es necesario perdonar a nuestros padres por su abandono, por su crueldad, o por habernos mentido. Cuando perdonamos las faltas de nuestros padres no estamos acallando el pasado sino reclamando el futuro. Porque es solo cuando perdonamos que nuestros propios hijos son bendecidos con padres sanos que conocen la misericordia y desean la integridad.

No existe mayor regalo para un hijo que un padre sano. La sanidad interior solo puede existir si hay perdón. El perdón escolta nueva esperanza para la generación futura. Acepta que tu padre fue imperfecto. Perdónalo. Y tu, busca ser diferente.

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Cuando un persona perdona

“El perdón es como un cántaro roto en mil pedazos que es restaurado.” Cuando una persona perdona está intercambiando su amargura, resentimiento y enojo por bondad y comprensión. Vale la pena perdonar ya que perdonar baja la presión alta o la nivela, ayuda a la persona a relajarse, a dormir mejor y aun dejan de quejarse de dolores físicos.

El profesor de Teología Lewis Smedes nos advierte que el proceso del perdón es para personas imperfectas como nosotros. Él dice que el liberarse de esos sentimientos de amargura y resentimiento puede tomar meses o hasta años para que se complete. Algunas veces, él dice, nos desanimamos con las injusticias que hemos vivido en el pasado. Pero vale la pena seguir persistiendo y no darse por vencida ante sentimientos de amargura.

Si este es su caso no se olvide que el perdón es un proceso. El autor del libro El Perdón es una Opción, Robert Enright, junto a su equipo de investigadores descubrieron que simplemente decir “yo te perdono” no es suficiente. Él dice que tenemos que ir por un proceso que nos ayuda a entender nuestros sentimientos para luego poder tomar acciones concretas que nos ayudaran a perdonar.

Los que han vivido un gran dolor de traición y han tomado la trayectoria del perdón, han experimentado, sin lugar a dudas beneficios monumentales cuando perdonan. Ellos recuentan como el perdón ha producido beneficios en sus vidas y los han transformado: mejorando su mal-humor, bienestar físico, perspectiva en sus vidas, relaciones y hábitos de trabajo.

¡La teología y las ciencias están de acuerdo: Vale la pena perdonar!

He aquí algunos pasos recomendados por los expertos si buscas perdonar:

1. Trae el dolor que sufriste a la superficie. Admítelo, defínelo.
2. Ten compasión de la persona que te hirió.
3. Da el don del perdón de forma altruista (como un bien otorgado a la humanidad).
4. Toma la decisión de perdonar.
5. Cuando la duda llegue, aférrate al perdón.

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¿Has sido herido o traicionado?

Casi todos hemos sido heridos por las acciones de otros. Pudo ser algo insignificante que nos dijeron de pasada o algo que nos hirió profundamente. Cuando tu madre critica la forma en la que crías a tus propios hijos, cuando un asociado sabotea tu trabajo para avanzar su carrera o tu cónyuge te fue infiel, o como a Paola, te repitieron una mentira que no descubriste hasta convertirte en un adulto; terminas destrozado.

Cuando uno se siente herido o traicionado es difícil no dejar de ser ofuscado por sentimientos negativos de venganza, amargura y hostilidad.

No importa lo que te haya ocurrido o lo que te hayan hecho, si deseas retomar el poder en tu vida, necesitas perdonar. Esto significa que debes poner a un lado tu derecho a la justicia y deshacerte de todo deseo de venganza. Una vez decides perdonar vas a experimentar liberación del alma.

El perdón vale la pena porque conlleva los siguientes beneficios:

  • Relaciones saludables
  • Bienestar emocional y espiritual
  • Menos ansiedad y hostilidad
  • Una presión estable
  • Menos síntomas de depresión
  • Un sistema inmune fuerte
  • Mejor salud cardiaca
  • Mejor estima propia

Cuando decides afianzarte a tu amargura, te estás hiriendo a ti mismo. No le haces un favor a nadie. No te preocupes, no estamos diciendo que para perdonar debes poner tu confianza ciegamente en los que te hirieron una y otra vez. Pero sí estamos diciendo que puedes confiar en la justicia de Dios, pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios. San Pablo nos advirtió que se quitara de nosotros toda amargura, enojo, gritería, ira y maledicencia y que la re-emplazáramos mejor con misericordia, perdón, y benignidad. Deja de traer maldición sobre ti mismo por las acciones de otros y busca mejor tu bienestar emocional, espiritual y físico. Perdona.

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Somos Seres Imperfectos

Todos hemos hecho algo en nuestras vidas de lo que nos hemos arrepentido. Comenzando con algo tan inofensivo como comer demasiado flan al final de la fiesta de Noche Buena o gastar más dinero de lo planeado en un viaje al extranjero; hasta acciones más severas como  herir a alguien, ya sea por un chisme o una acción deliberada.  Está en nuestra naturaleza la imperfección.  Por eso es que decimos “lo siento” tantas veces al día.

Habiendo estado casada por 25 años puedo testificar que casi no pasa una semana en la que uno de los dos no haya ofendido o herido al otro aunque sea involuntariamente. Esto es porque las luchas más intensas ocurren en la relación más intensa de todas, el matrimonio.

Cuando vamos a perdonar a alguien debemos tener nuestra propia imperfección en cuenta y saber que “errar es de humano”. Pero no queremos ser un saco de boxeo para las personas desconsideradas, por lo que las recomendaciones de la Doctora Alicia La Hoz para los que buscan dar a alguien una oportunidad son apropiadas. Ella sugiere que te hagas las siguientes tres preguntas para ver si vale la pena dar una segunda oportunidad a alguien o no:

  1. ¿Reconoce la persona lo que ha hecho mal y asume responsabilidad propia por lo ocurrido?
  2. ¿Demuestra, consistentemente, un cambio tangible en su carácter y conducta?
  3. ¿Respeta los límites establecidos de las personas que lastimó?

Si puedes responder positivamente a estas preguntas, entonces, es razonable dar la oportunidad a la persona que la busca si realmente lo deseas.

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Una Relación Restaurada es un Faro de Esperanza

Algunas injusticias no pueden ser reparadas de forma adecuada aun cuando la persona haya perdonado a su ofensor. Si un borracho mató a un hijo, el perdón no hace que ese hijo vuelva a vivir. El perdón, aunque difícil, es posible, pero la reconciliación y la reparación no siempre lo son. En ciertos casos, las heridas son tan profundas que no existe remuneración que pueda reponer lo perdido. Entendemos, sin embargo, que aunque la reparación genuina no está atada al perdón, esta sí puede ser una posibilidad a la que no debemos cerrarnos.

La reconciliación es la restauración de la relación después de que la ira y el dolor han disminuido y después de que el proceso del perdón ha sido completado.

La reconciliación es un proceso de la misma forma en la que el perdón es un proceso. Cuando la confianza ha sido quebrada, el proceso de reconciliación se convierte en uno, que aunque largo, vale la pena buscar tanto y cuando el ofensor esté verdaderamente arrepentido. Si el ofensor muestra verdadera señal de un corazón contrito, entonces, vale la pena dar a la relación una segunda y hasta una tercera oportunidad.

En el proceso de reconciliación la persona herida debe establecer límites y definir los pasos que se van a llevar a la restauración cuidándose de no cometer acciones represalias en el camino. Steve Cornell del “Gospel Coalition” nos da siete señales de cómo saber si la persona está realmente arrepentida y la reconciliación vale la pena:

  1. ¿Acepta la persona responsabilidad completa por sus acciones?
  2. ¿Está la persona dispuesta a rendir cuentas ante los demás?
  3. ¿Ha puesto la persona un fin a su mal comportamiento o las acciones asociadas con este?
  4. ¿Ha desistido la persona de adoptar una actitud defensiva por haber hecho lo que hizo?
  5. ¿Ha dejado de descartar o minimizar su comportamiento hiriente?
  6. ¿No se siente resentido cuando la persona herida tiene dudas?
  7. ¿Está dispuesto a hacer restitución cuando es necesario?

El famoso profesor Lewis Smedes decía, “se toma una persona para perdonar, pero dos para reconciliarse”.  Una relación restaurada es un faro de esperanza en una sociedad donde existen tantas relaciones quebrantadas. Atrévete a ser ese faro.

Temporada 7 Episodio 3

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Para Ganar la Batalla Tienes que Perdonar

Cada batalla se gana con su arma. En una guerra los soldados llevan armamentos para pelear. Sin el armamento adecuado no se puede ganar al enemigo. Naves, buques, helicópteros, tanques, misiles y ametralladoras son solo varias de las armas necesarias para ganar una batalla.  Pero nosotros no tenemos necesidad de estos armamentos para ganar si hacemos de nuestra arma el perdón.  El perdón se convierte en el camino que te ayuda a dejar de aferrarte a las frustraciones, la esclavitud y el resentimiento que te dejan las heridas en el alma.

Una vez Jesús dijo, “porque si perdonas a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” Así que has uso efectivo del arma del perdón y vivirás tu vida en abundancia.

Restaurar la Confianza Perdida

El que desea desarrollar relaciones fuertes que perduran, tiene que tener una cualidad esencial y esta es ser DIGNO DE CONFIANZA. Este es el fundamento de la integridad. El que tiene un familiar o un cónyuge que no es digno de confianza no tiene seguridad emocional o tranquilidad. Cuando una persona nos traiciona nos sentimos rechazados. Lo cual trae dolor y ansiedad y la inhabilidad para algunos de poder confiar de nuevo. Sin confianza no podemos apegarnos, entregarnos o tomar riesgos.  Cuando la confianza es quebrantada existe traición y la traición trae a nuestras vidas ansiedad, inseguridad y dolor.  Infidelidad en el matrimonio no es la única forma de traición. Familiares y amigos pueden también traicionarnos.

Para restaurar la confianza perdida se necesita construir la relación de nuevo, peldaño a peldaño. Reconstruyéndola con promesas no quebradas, con votos, con compromiso, con fidelidad; un trabajo arduo que requiere determinación. La familia de Mel y todos los que como ellos han sido víctimas de la maldad de alguien, deben primero buscar sanidad personal antes de tratar de reparar la relación. Pero al final, todos debemos perdonar para no llenar nuestro corazón de resentimientos que amargan el alma. El que perdona no está justificando la traición, sino que está tomando control de su salud emocional.