“Cuando los hijos defraudan a los padres, la situación pueda dar un giro destructivo. Una conversación abierta le permitirá obtener los detalles necesarios para resolverla.”

La culpabilidad que sienten los padres modernos se hace muy evidente cuando los hijos defraudan a los padres. Los padres, de inmediato, asumen que fallaron en su crianza. Comienzan a cuestionar si han sido demasiado estrictos o demasiado permisivos. Este sentimiento de culpabilidad no es fructífero. Si no aprendemos a usarlo a nuestra ventaja, termina siendo un sentimiento destructivo para nosotros y para nuestros hijos.

Algunas veces tenemos que admitir: “Lo hecho, hecho está.” No estamos sugiriendo que los padres desarrollen una actitud indiferente hacia las acciones de sus hijos, pero sí sugerimos que tomen el sentimiento ingrato de culpabilidad y lo usen como un arma para reactivar la relación con los hijos. Podemos permitir que estos sentimientos de culpa actúen como la guía que nos ayuda a pedir perdón y ser sincero con nuestros hijos. La culpabilidad nos puede convertir en seres más sensibles y la sensibilidad abre la puerta a una relación que había sido cerrada anteriormente. Es esta sensibilidad lo que ahora puede ayudarnos a obtener los detalles de lo ocurrido en una atmósfera más liviana para resolverla.

Lo que estamos sugiriendo es contraproducente a lo que la mayoría de nosotros aprendimos de niños. Pues es muy posible que nuestros padres nos hayan cerrado la puerta cuando nosotros una vez los defraudamos. Pero cerrar la puerta solo confirma el sentimiento de culpabilidad que sentimos y no resuelve nada. Este es el momento crucial de dejar de hablar para comenzar a escuchar. Pero debemos convertirnos en personas que escuchan con humildad. Esta humildad que emana de la sensibilidad que hemos adquirido debido al enfoque correcto de nuestro sentido de culpabilidad, cautiva el corazón de nuestros hijos y conduce a una verdadera reconciliación.  

Todos somos culpables de hacer mal o de fallar una que otra vez, aunque nos esforzamos por hacer el bien. Pero la Biblia dice: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1). Este verso es impactante porque sugiere que no importa cuáles sean nuestras imperfecciones, Dios no nos cierra la puerta o nos condena por ser imperfectos, él usa nuestra culpabilidad e imperfección para que haya reconciliación entre nosotros y Dios. Caminemos entonces en el Espíritu y busquemos ser la clase de padres que no cierran la puerta a sus hijos, sino que emulan la bondad del Padre Celestial extiendo justicia y misericordia sin importa cuáles sean sus infracciones.

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