Me gusta escuchar a los niños hablar y comunicarse y me di cuenta que es porque ellos hablan sin pasar juicio. Me parece que no nacemos juiciosos. Pero sí aprendemos a brincar a conclusiones sin base e información porque lo hemos aprendido de nuestros padres, tíos y abuelos.

Recientemente estuve sentada al lado de una chica en un avión que se la pasó disgustada con un padre que no podía calmar a su chiquita. “Mis hijos no se van a portar así,” me decía. Es que ser padre es fácil si no eres uno. Todos tenemos una idea muy clara de lo que se debe ser y hacer en cada circunstancia. Es más, nada nos hace comportar con más menosprecio, indignación o disciplina que cuando tenemos la oportunidad de pasar juicio a una persona que ha fallado. Todos somos justos jueces de lo que haríamos si estuviésemos en sus circunstancias.

Se nos hace fácil hacer juicios basados en factores externos. Muchos de estos juicios están basados en estereotipos, algunos están basados en nuestra naturaleza prejuiciosa  y otros los basamos en nuestras preferencias.

A nadie le gusta que lo juzguen injustamente por lo que cuando comiences a sentirte moralmente superior a los demás: baja la barbilla, endereza tus labios y deja de cortar los ojos. Para que cuando sea tu bebé en el avión llorando no recibas el mismo desdén de parte de otros.

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